“Que la mitología de un chamán no se corresponda con una realidad objetiva carece de importancia” Claude Lévi-Strauss, antropólogo.

Los chamanes pueden ser sanadores, sacerdotes, guardianes de los rituales sagrados de sus pueblos, pronosticadores del clima, cosmólogos e interpretadores de sueños. Dado que hay mucho que no comprendemos acerca del funcionamiento del mundo natural y el potencial de la mente humana, resultaría prudente prestar atención a aquellos que poseen una visión holística de la vida y que creen que la naturaleza está regulada por sutiles poderes que escapan de la ciencia.
Chamán de los Yanomami:
“El chamán yanomami no establece diferencias entre el destino de su pueblo y el de la humanidad. Al mismo tiempo que intenta, ante todo, conservar sus creencias y rituales, el chamán yanomami considera que su labor consiste en la salvación incluso de los enemigos más crueles. Sin embargo, somos unos pocos los que entendemos que nuestra supervivencia depende de esta filosofía.” Claude Lévi-Strauss, antropólogo.
Chamán de los Matsigenka.

“Baltazar se ríe, y sus carcajadas suenan como siempre, a medio camino entre una risotada y una risa socarrona. (…) Pero hoy, durante mi visita habitual a primera hora de la tarde, me pide con una seriedad poco frecuente en él que me siente a su lado en una esterilla de cañar frescas. Se sienta, y me habla en su lengua nativa.

-¿Recuerdas la historia que me contaste acerca de un chamán, cuya alma fue abrasada por la linterna de un misionero?
-Sí -Le contesto dubitativo, ante lo inesperado de la pregunta.
Durante años me había enterado de algunos incidentes relacionados con un misionero protestante americano. El misionero se sentía especialmente preocupado por la fe de los indígenas en el chamán local: el hombre era capaz de sanar, según ellos. Tomaba un poderoso brebaje de ayahuasca y entraba en trance; entonaba cánticos, agitaba un cascabel mágico realizado con hojas de bambú y trepaba por un mástil situado en el centro de la cabaña. Más tarde, se oían unas misteriosas pisadas sobre el techo de paja y, a continuación, el batir de unas alas.El chamán, decían, ha volado a los cielos. Más tarde, descendía de ella cantando con un extraño tono de voz: se había intercambiado los papeles con su espíritu gemelo. La sesión de espiritismo se llevaba a cabo completamente a oscuras, para que la más mínima luz o chispa no pudiera quemar la volatil alma del chamán. 

Al misionero no le gustaban estos tejemanejes paganos y decidió erradicarlos. Le habían advertido de los procedimientos de la ceremonia, incluída la prohibición de cualquier tipo de luz artificial, pero el misionero se había escondido la linterna.

– Se ha marchado, ha volado hasta el cielo!

Entonces el misionero pulsó el botón. Alumbró con su cegadora luz al chamán, que estaba tendido y en trance. 

– Es un impostor! No se ha ido a ninguna parte. Os está tomando el pelo. Es un enviado del demonio.

Y así, el alma del chamán fue abrasada por la intensa luz del misionero, perdió sus poderes y abandonó sus prácticas como chamán.

Muchas semanas antes, me había venido el incidente a la memoria y le había preguntado a Baltazar si estaba al corriente. 

-Sí, sí, conozco la historia. De hecho, ese hombre era mi hermano. Perdió sus poderes, se marchó de aquí y regresó a su lugar de origen, muy lejos de este lugar. Murió hace mucho.

Sin embargo, Baltazar de repente volvió a sacar el tema.

– Te mentí -dijo con una sonrisa inescrutable-. No era mi hermano, sino yo. Pero quien quiera que te haya contado esa historia, te la ha contado mal. No perdí mi alma y continúo preparando ayahuasca, y algún día la haré para ti. Te puedo enseñar muchas cosas. Vendrás?

Y así, una templada y agradable noche sin luna descubría la verdad acerca de Baltazar: su cascabel de bambú, un batir como el de alas de un pájaro; sus cánticos que narraban la historia de su pueblo; y su espíritu gemelo, que cantaba a coro con su propia voz dividida en dos de manera asombrosa. El irónico y socarrón de Baltazar, todo el tiempo, el chamán secreto había sido él.” Glenn Shepard. Etnobotánico y antropólogo médico especializado en pueblos indígenas de la Amazonia.
Chamán de los Kogui:

“Los Kogui, de la Sierra Nevada de Santa Marta, de Colombia, ancestros de la civilización Tairona, escaparon de los invasores (primero, de los europeos, y más recientemente, de los cultivadores de drogas y guerrillas) adentrándose en lo alto de las montañas. Nunca han sido conquistados, y todavía son regidos por un sacerdocio que llevan a los niños a la edad de 3 ó 4 a chozas de piedra en la parte baja de los glaciales, y allí los dejan por 18 años. Allí se inician en este rito simbólico que representa volver al vientre de la tierra madre. Allí se les enseña los valores de la sociedad, valores que transmiten con sus oraciones y que mantienen el orden cósmico. Al salir 18 años después, antes del amanecer, ven salir el sol. En ese momento cristalino, mientras el sol comienza a bañar los desniveles del bellísimo paisaje, de repente todo lo que habían aprendido de manera abstracta se les aparece con todo su esplendor. El sacerdote que los ha formado da un paso atrás y les dice “¿lo veis? es tan bello como os había dicho. Es hermoso, y a vosotros os toca protegerlo” Se autodenominan los “hermanos mayores”, y dicen que nosotros, los “hermanos menores” del mundo, somos los responsables de la destrucción del planeta.” Wade Davis, antropólogo.

Chamán de los Turkana:
“Por la noche, los ancianos dirigían su mirada al cielo. Seguían el rastro del movimiento de los planetas, el color de las estrellas, la profundidad de la bruma que rodea la Luna y buscaban sombras en el aire, señales determinadas que podían explicarme. Pero había otras que no podían describir: las manifestaciones de Akuj, el dios del cielo. Su adivinación era una cuestión de supervivencia. La aparición de nuevos brotes y la desecación ocurren a tal velocidad en esas sabanas que los chamanes emuron de los Turkana tenían que predecir la lluvia: los pastores debían comenzar a desplazarse en su dirección antes de que cayera. Casi siempre acertaban.” George Monbiot, activista ecologista, en Kenia.
Chamán de los Arhuaco:
“A mis 105 año sigo aprendiendo porque la sabiduría de la madre tierra y todos los planetas no está escrita en libros, está en la memoria viva de los nevados, de los ríos, del mar, de las nubes y cada día se aprenden más cosas de la biblioteca natural” Mamo (chamán) Arhuaco, Colombia.
Chamán de los Bosquímanos:
“Me convertí en sanadora porque una vez, mientras dormía, soñé que lo era, y empecé a danzar y a sanar.Cuando empecé a practicar las danzas para entrar en trance, podía advertir que una persona estaba enferma por su sangre y olor. Entonces, me acercaba a ella y la sanaba.” Xlarema Phuti, bosquímana gana, Botsuana.
Chamán de los Inuit: 

“Un grupo de científicos llegó a bordo de un gran helicóptero militar.
– Vamos a realizar unas mediciones. – me dijeron, y me mostraron sobre el mapa las mediciones de una ruta.- Quieren venir con nosotros?
– Por supuesto. ¿Para qué han tomado esas mediciones?
– Porque los mapas no son del todo exactos. Queremos saber las medidas correctas para poder disparar un cohete o guiar un misil hasta un objetivo extranjero o enviarlo tal vez hasta la luna.
– ¿Qué está diciendo? – me pidió Osuitok, mi amigo inuit.
– Quieren llegar a la luna.
– Wakadlunga! Imagínatelo! Algunas personas en el campamento de Akiaktolaolavik aseguran que allí vive un viejo chamán llamado Aluriak, que puede llegar hasta ella cuando hay luna llena.
– ¿Qué ha dicho? –me preguntó el científico.
– Que le parece estupendo que quieran ir a la luna.
– Bueno, muchas de nuestras preocupaciones son mucho más cercanas. Por eso intentamos establecer las distancias correctas.”
James Houston “Mi vida con los Inuit”
El Pueblo sin Chamán:
“En 1992, mientras se celebraban los cinco siglos de algo así como la salvación de las Américas, un sacerdote católico llegó a una comunidad metida en las hondonadas del sureste mexicano.
Antes de la misa, fue la confesión. En lengua tojolobal, los indios contaron sus pecados. Carlos Lenkersdorf hizo lo que pudo traduciendo las confesiones, una tras otra, aunque él bien sabía que es imposible traducir esos misterios:
Dice que ha abandonado al maíz –tradujo Carlos–. Dice que muy triste está la milpa. Muchos días sin ir. –Dice que ha maltratado al fuego. Ha aporreado la lumbre, porque no ardía bien.Dice que ha profanado el sendero, que lo anduvo macheteando sin razón.Dice que ha lastimado al buey.Dice que ha volteado un árbol y no le ha dicho por qué.
El sacerdote no supo qué hacer con esos pecados, que no figuran en el catálogo de Moisés” Eduardo Galeano, escritor.
El Chamán sin Pueblo:
“El shamán de los indios chamacocos, de Paraguay, canta a las estrellas, a las arañas y a la loca Totila, que deambula por los bosques y llora. Y canta lo que le cuenta el martín pescador: “No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas y comeremos peces del río y beberemos el viento.” Y canta lo que le cuenta la neblina: “Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no sufra frío.” Y canta lo que le cuentan los caballos del cielo: “Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.” Pero los misioneros de una secta evangélica han obligado al chamán a dejar sus plumas y sus sonajas y sus cánticos, por ser cosas del Diablo; y él ya no puede curar las mordeduras de víboras, ni traer la lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra para cantar lo que ve. En una entrevista con Ticio Escobar, el shamán dice:
“Dejo de cantar y me enfermo. Mis sueños no saben adónde ir y me atormentan. Estoy viejo, estoy lastimado. Al final, ¿de qué me sirve renegar de lo mío?”
Eduardo Galeano.
Estas palabras pertenecen a Gregorio Arce, Wylky, gran chamán ishir (chamacoco) Wylky es el gran señor del “susurro quebrado”, como escribe Eduardo Galeano: “No son más de mil los indios Ishir que sobreviven en el Chaco. Wylky, legalmente Gregorio Arce, habla por todos en las ceremonias sagradas. Hace años, una peste mató a su gente más querida. Entonces, el se hundió en el bosque, y allí cantó y cantó, y siguió cantando cuando la sangre le brotó de la boca. Con la garganta rota, mucho después, emergió de la fronda. Es casi nada la voz que le queda, un susurro quebrado, pero Wylky es un señor de la palabra. Está hecho de silencio, y de pocas palabras secretas y luminosas, el sendero que conduce a la casa de los dioses”.
Fuentes:
“Bocas del tiempo”. Eduardo Galeano.